Viento del norte, olas del sur.

En 1997, el psicólogo Arthur Aron elaboró un cuestionario de 36 preguntas como herramienta para conseguir intimidad. La prensa, años más tarde, se hizo eco de su estudio y lo difundió bajo el título “Cuestionario para enamorarse”. No estaba en la mente de Aron la finalidad romántica,  pero la complicidad que prometía podía derivar en amor.

Las 36 preguntas de Aron podrían haber sido 12 ó 18, esas mismas o cualesquiera otras. Lo importante nunca son las preguntas; las chispas saltan con las respuestas. Y es que en un simple “¿qué has aprendido este fin de semana?”, caben múltiples respuestas:

Que hay noches que empiezan con un “yo no bebo nunca” y terminan ahogadas en tequila, con las manos del médico equivocado revisando una falsa cojera.

Que en los sábados de julio no hay que poner ticket en la zona azul, pero que no debes olvidarte un lunes por la noche.

Que una bandera amarilla indica precaución y, también, día de olas y risas en la playa.

Que el Mediterráneo suena a Serrat también en Castilla, y que en él no sube la marea.

Que puedes llegar nadando hasta una boya, y asustarte con las gaviotas por culpa de Hitchcock y sus pájaros.

Que una playa puede tener bandera azul sin necesidad de duchas, y que hay chiringuitos sin un grano de arena.

Que no hay como una azotea con colchón y pijama para ver amanecer, y que algunas noches tontas terminan en un Mojacar vacío con sabor a especias.

Que existen distintos grados de enfado, pero que sólo algunos amenazan con enfadarse un poquito.

Que el punto final de una noche puede quedar en suspenso junto al mar, tumbados en la arena, con un bolso minúsculo como almohada y una guitarra con letras de Andrés Suárez.

Que aún quedan románticos a orillas del Pisuerga y que las primeras citas se endulzan con golosinas.

Que la tortilla de patata tiene que estar poco cuajada y que las aceitunas saben mejor maceradas en vermut.

Que en la lista de películas pendientes figura La gran belleza y que un atardecer puede degenerar en picnic improvisado, con roca convertida en mantel de cuadros.

Que en algunos jardines te pueden llamar Doña y que, a veces, hay que llevar currículum y nómina a una cita.

Que apenas se escriben cartas de amor, pero pueden existir relaciones epistolares de mimos y odios.

Que en algunos Cabos el arroz se cocina en caldero y que en Cuéntame ya saben que un asiático requiere Licor 43.

Que “perdonarme” no siempre es un imperativo y que la RAE empieza a traficar con erres.

Que un gel desmaquillante puede hacer las veces de champú y que embadurnarse en crema no combina bien con la humedad del sudeste .

Que cuesta hacer crecer buganvillas en el norte, y que hay ascensores en los pueblos con cuestas.

Que hay fondos grises que esconden Nueva York y que nunca debió perderse el flirteo de abanico.

Que tener hermanos varones cura de casi cualquier espanto, y que quedarse en los 15 no es mal plan en una guerra de almohadas.

Que hay habitaciones demasiado frías y que una rana Gustavo puede convertirse en la promesa de próximas visitas.

Que algunos, presos en redes, se pierden los momentos entre fotos, y otros queremos atraparlos con palabras.

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Aron hablaba de 36 preguntas, pero bastó un “¿fumas?” para que unos conocidos de viernes se despidieran un martes convertidos en amigos.

Estaciones 

Primavera, verano, otoño e invierno, y vuelta a empezar. Un nuevo 21, y a esperar tres meses. Una y otra vez. Estaciones repetidas sin andenes en los que apearse. Sin posibilidad de dar marcha atrás o de acelerar. Sin aves, ni alvias.

Empieza el verano y los días se acortan. Crecen las noches y se llenan de estrellas que llueven sin agua. Y vuelves al rincón con el que sueñas cuando lo haces con casa.  Y aparecen palmeras en tus atardeceres y un Mediterráneo como el de Serrat, con montes y genista.

Y las tardes son paseos y pipas, que completan las mañanas de sol y libros. Y las noches -¡ay, las noches!- tienen sal  y terrazas con jardines. Y un pueblo blanco en la montaña, tras un cielo teñido de pasión y fuego.

Los días no cuentan, y hay más sábados que lunes. Y tú llevas un biquini de volantes para las noches de lunares.

¿Bailamos?

¿Qué nos pasa cuando vemos a alguien bailar? Giramos la cabeza una, dos y hasta tres veces. Sonreímos.

Hay algo mágico en esas parejas que bailan en la calle al son de la música que tararean; en las que al final de una cena se acercan al pianista y, sin permiso, empiezan a bailar; en los niños que cogidos de la mano giran al compás de la música de una atracción; y en los que aprovechan cuatro palmas y dos zapateados para marcarse un fandanguillo. Planta tacón, planta tacón.

Descubres el amor en un vals, aunque los bailarines sean dos desconocidos; la pasión, en un tango, si te saben llevar. Hay arte, y risas, en esas sevillanas improvisadas, con más manzanas tiradas que mordidas, y se prometen eternas las noches que comienzan con un baile en el baño, marcando el ritmo a brochazos de colorete.

Fred Astaire y Audrey Hepburn inmortalizados por Richard Avedon

Las personas que bailan siempre parecen felices, abstraidas en unos pasos inventados o por inventar.

El baile es intruso en la cotidianidad de una calle. Acaba con el orden. Es ladrón de miradas cómplices o llenas de los reproches que acompañan a esos “nunca me llevas a bailar”, y arranca promesas de clases que nunca serán.

En público o en privado, descalzos o con zapatos de tacón. Es imposible no bailar, aunque implique destrozar canciones y firmar zapatos ajenos.

Un pie tonto que se mueve, una cadera a derecha e izquierda y unas manos inquietas. A la postre -y a los postres-, lo único importante es dejarse llevar.

Escribiendo…

Tic, tac. Tic, tac. Dos minutos y un “escribiendo…” en la pantalla. 120 eternos segundos. A este ritmo no llegas a la cena. De hecho, llevas 10 minutos de retraso. Tienes que avisar. Ring, ring. Llego tarde. Sí, aún está escribiendo. No tardo.

Coges la chaqueta, las llaves. Vuelves a mirar el móvil.  Por fin.

La escena se repite cada día desde hace un mes. Desde esa tarde de abril en que decidió que 80 no eran demasiados y que un móvil podía ser un buen medio para mantener el contacto. No preguntamos con quién.

Fue una petición dulce, como la que hacen los niños antes de su cumpleaños, con cabeza ladeada y ojos suplicantes. Sólo faltó un “todosmisamigoslotienen”, así, de corrido. Y, bueno, nadie fue capaz de negárselo.

Desde entonces, ella, que apenas pudo ir a la escuela y que lo poco que aprendió en su niñez fueron las cuatro reglas para defenderse con la lista de la compra, alardea de escribir mensajes.

La que nunca se acercó a los libros mas que para lanzar reproches sobre su número, esgrimiendo que el Quijote perdió el seso entre letras y que correríamos igual suerte, ha desenterrado un viejo diccionario y guarda, en un cajón de su mesilla, un pequeño cuaderno en el que, con letra curvada y algo temblorosa, practica caligrafía. Lo hace a escondidas, a lápiz.

Yo la observo de lejos. Mueve la cabeza acompasadamente y se muerde el labio, un gesto que reconozco en mí. En ella recuerdo a la niña que fui, a esa que aprendió a escribir para leer mejor los cuentos con su padre. A la que le faltaba diccionario para desentrañar las metáforas de Lorca o se desesperaba leyendo sobre el Valle de Daniel, el Mochuelo.

En esos ratos, es, precisamente, cuando me doy cuenta de que tiene razón. Ochenta no son demasiados años. Para nada. Ni siquiera para reaprender a escribir.

¿Y qué hacemos con el miedo?

Calles oscuras, sin gente. Calles desiertas, vacías. Mis pesadillas. Las de antes.

Hoy, mis miedos tienen caras y nombres.

Me asustan las aglomeraciones, las calles peatonales y los lugares de culto. Los museos y los centros comerciales. Las ferias y conciertos. Los campos de fútbol. Las calles abarrotadas de colores y fuegos artificiales. Las plazas con música y danzas populares. Las avenidas con vida, con risas, con sueños de futuro.

Mi miedo tiene nombre. El de ellos. Ellos. Los que cercenan vidas con sus camiones, con sus coches o sus tiros. Los que mutilan sin piedad, desordenadamente, haciendo ruido. Los que sólo sienten rabia y odio, y obran sin sentido. Los que desprecian la vida de hombres, mujeres y niños.

Ellos son la causa, el motivo. Los que despiertan mis fantasmas y secan mi garganta; los que me hacen temblar, y sentir frío.

Ellos. Los culpables. Los que cambian razones por cuchillos. Los que, generando miedo, han vencido.

Fuego en las redes

La primavera suele dar un respiro a los montes españoles y a esa masacre que, cada verano, se ceba con ellos. Pero mientras llegan esos fatídicos días, aparecen otros fuegos.

Los “pirómanos” de las redes están arrasando con todo. Cada día, hectáreas y hectáreas de libertad se ven fulminadas por la llama de lo políticamente correcto. Y los medios, amparándose en la necesidad del click, las rocían con gasolina.

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El olor a chamuscado se lee desde lejos. Algunos no han terminado de escribir un tuit, un artículo o una columna y ya saben que han dejado la mecha demasiado corta, que no han calculado la onda expansiva. Porque eso ocurre con las explosiones, suelen ser incontrolables.

La censura pervive, con o sin tribunal de inquisición,  e Internet se llena de piras en las que quemar al brujo o bruja de turno.

Y al resto sólo nos queda asistir atónitos, siempre a la espera de que alguien encienda el mechero.

Las cosas que no dices

No. No le dijiste que tenías miedo, ni que eran las pesadillas las que te llevaban a su cama.

No le dijiste lo cansada que estabas, y lo mucho que necesitabas esas vacaciones.

No le dijiste que leías a escondidas, y que apagabas la luz cuando escuchabas sus pasos.

No le dijiste que tenía razón,  que siempre la había tenido, y que sólo tu tozudez te mantenía inflexible,  aun sabiendo que estabas equivocada.

No le dijiste lo mucho que sentiste lo que le pasó a su padre, o a su madre,  y que le enviaste abrazos desde lejos.

No le dijiste que no bajara del todo la persiana, ni que te escapabas cada noche de puntillas para verlos bailar.

No le dijiste que todo había acabado, y que tu silencio solo era una adivinanza.

No le dijiste lo mucho que necesitabas ese abrazo, y que las lágrimas de felicidad y tristeza liberan por igual.

No le dijiste que le echabas de menos, que los kilómetros a menudo se hacen insoportables, y, a veces, unos pocos metros, también.

No. Claro que no le dijiste que le querías, pero ¿le querías?